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jueves, 16 de agosto de 2012

Compensaciones (II)



Va la segunda...
Creer en la magia

"No hay primera sin segunda,
me dijo doña Facunda..."


Generalmente no percibimos las verdades sencillas de las canciones populares, tan llenas de sensibilidad y de juicios atinados sobre las rutinas cotidianas. Quizás por esa misma razón nos pasan por encima -o al lado- circunstancias, oportunidades, puertas de ingreso a la comprensión, posibilidades de torcerle el cuello a tanto que creemos real, inamovible, determinado, pre-destinado (tantas formas de llamar a lo que desatendemos).

Un viejo amigo dijo alguna vez que la fe debe sustentarse en la creencia en lo que vemos. Y es que resulta altamente probable que mucho de lo que se vive se transforme si se atiende a las circunstancias que procuramos más que a las fantasías, a los supuestos, al mal desear del que habla Estanislao Zuleta en Elogio de la Dificultad:
"...En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia, un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y de preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido."
En 1983, tras terminar mis estudios de Comunicación en la Universidad del Valle, Rodrigo Romero, docente del Departamento de Filosofía, me propuso ser su monitor en un Seminario introductorio para estudiantes de primer semestre del plan de estudios de esa unidad académica. Halagado, acepté, aunque también me tentaba la idea de trabajar con Adolfo León Gómez, quien entonces avanzaba en la traducción del francés al español de El Imperio Retórico, de Chaïm Perelman. El asunto es que para poder ser monitor, de acuerdo con los reglamentos de la universidad, se debía estar matriculado en al menos tres materias ofrecidas por cualquier facultad o departamento de la universidad.

No me costó mucho trabajo decidir que, mientras avanzaba en mi trabajo de grado, podría tomar algunos cursos en temas que me parecían interesantes o necesarios para mi formación. Matriculé Estudio Musical Básico y Piano Complementario, en la Escuela de Música, e Historia de la Filosofía (Platón). El último de estos cursos lo dictaba el maestro Lelio Fernández, quien me regaló la posibilidad de sentirlo amigo, me permitió escuchar sus deliciosas charlas en clase y me distinguió al finalizar el semestre con la mayor distinción que puede hacerse a un estudiante: me pidió que hiciera la evaluación de todos los compañeros del curso y que determinara las calificaciones de los trabajos finales, respetando mis criterios y mis observaciones.

Una tarde de viernes encontré en la cartelera de la Facultad de Humanidades una invitación para un Simposio sobre Maquiavelo que tendría lugar en la Casa Italiana, justamente el día siguiente desde las primeras horas de la mañana. Habría un grupo de panelistas estudiosos de la obra del polémico florentino. La inscripción costaba "un buen billete", al menos en la óptica de un estudiante con salario de monitor, y tras leer la información pensé que me perdería otro de los muchos buenos eventos que se programaban ocasionalmente en Cali.



Sin embargo, quizás porque la información estaba justo en la cartelera instalada en la puerta de ingreso del Departamento de Filosofía, frente a la oficina de Lelio, uno de los organizadores, se me ocurrió que podía hacer una apuesta para poder asistir al Simposio. Escribí una notica en la que le decía que no disponía de dinero para pagarme la inscripción, que me interesaban muchísimo las charlas y los temas de debate que se listaban en el programa y que, por tanto, estaría muy a las siete de la mañana en el lugar donde se realizaría el evento, confiando en que podría participar en el mismo. Al final escribí: "Creo en la magia".



El sábado me levanté muy temprano. Tomé un bus y luego caminé hasta Santa Rita, bordeando el río Cali y disfrutando del sol mañanero que sabe celebrar los mejores días de la ciudad. Lelio también había madrugado y caminaba con un amigo por los prados de la orilla, esperando que se abrieran las puertas de la casa. Me vio llegar, me saludó, y me dijo:

— Cree en la magia, Jaime.


*          *          *          *          *

Creer en la magia hace posible que suceda lo esperado (otros dirán que lo inesperado, pero eso tiene que ver con el modo como nos percibimos).

El 14 de diciembre de 2001, con ocasión de mi cumpleaños, recibí la visita de una pareja de amigos. Tras saludarnos, me entregaron un hermoso paquete de regalo. Era evidente que se trataba de un libro, y me invitaron a destrozar el papel que lo envolvía, mostrando una expectación casi mayor que la mía.

Liberado del papel de regalo hallé un libro. Un objeto un poco raro, pues se trataba de un ejemplar con encuadernación de lujo, y letras doradas en la portada y en el lomo. Leí "El Heptamerón", recordando los cuentos de Margarita de Valois, reina de Navarra, y abrí el libro para encontrar que en la primera página estaba mi firma, con una anotación que indicaba que ese texto había sido mío veintidós años antes, el 20 de octubre de 1979.

Mis amigos hallaron ese libro en una venta callejera, en Cali. Quizás andaban caminando como yo suelo hacerlo cuando busco que la suerte me sorprenda con aquello que merezco. Les llamó la atención, lo tomaron en sus manos y descubrieron que me había pertenecido. No preguntaron al vendedor dónde lo había adquirido, porque habría sido una torpeza. Lo compraron pensando que un buen regalo, más que el libro, sería poder decirme que en la vida hay reencuentros y magia y cruces de variables insospechadas, amables e inolvidables.

Aún tengo en mi biblioteca ese ejemplar, que me habla de la magia de los amigos y de la espera activa.

Y sigo creyendo en la magia.


NOTA FINAL: Lelio Fernández hizo en 1992 una nueva traducción de El Príncipe, de Maquiavelo, para Editorial Norma. Buscó los textos originales y emprendió la tarea porque sentía que las versiones conocidas en nuestro idioma no eran del todo fiables. Su trabajo contiene una introducción que él mismo hace, y dos textos complementarios (Virtud y fortuna en Maquiavelo, de Angelo Papacchini; La antinomia del pensamiento maquiavélico y Génesis y carácter de El Príncipe, de Luigi Russo), además de una colección de citas a propósito de Nicolás Maquiavelo, una Cronología y una Bibliografía.

lunes, 30 de julio de 2012

Compensaciones


La primera (para la segunda faltan quince días)

Se creerá que los bancos tienen todas las de ganar y que nosotros, sufridos pero no siempre pacientes usuarios de lo que en esas instituciones dan en llamar “servicios”, aceptamos no sólo de buen grado sino con humildad de bueyes sus estudiadamente “leves” atropellos de cada día.

Pero no hay tal. Gervasio Domínguez ha estudiado, con la minuciosidad que caracteriza a los colombianos de bien, algunos modos de incomodar (es lo menos que se puede) a los funcionarios de una entidad crediticia española que, en adelante (hay que cuidarse), llamaremos simplemente “banco”.

Gervasio ha cancelado cumplidamente sus obligaciones hipotecarias durante seis años. Cada fin de mes acudió a alguna de las sucursales del banco, hizo la fila respectiva e hizo el pago correspondiente a la cuota vencida de cada ocasión. Pero advirtió, ya en la tercera cuota, que las cuotas no se pueden pagar con la cifra exacta que indican las puntuales facturas que llegan a su casa. Por ejemplo, el último mes debía abonar seiscientos setenta y un mil ciento diecinueve pesos. Como en Colombia se abolieron las monedas de uno, cinco, diez y veinte pesos, dejando solamente en circulación las de cincuenta, cien y quinientos, entregó al cajero de turno seiscientos setenta y un mil ciento cincuenta. El tipo lo miró un poco extrañado, pues seguramente hubiera esperado dos monedas de cien en lugar de tres de cincuenta, pero aceptó el pago sin más, cuidándose muy bien de ingresar en su computador el valor que indicaba la factura. Total, Gervasio perdió apenas treinta y un pesitos.



Pero Gervasio ha aprendido a ser desconfiado, y se tomó el trabajo de buscar en Internet cuántos clientes podría tener el banco, sin contar las personas que acuden a sus oficinas a pagar servicios públicos u otros “servicios bancarios”. Como no halló cifras “oficiales” de la entidad, pensó en hacer algunos cálculos con base en informaciones periodísticas, publicidad del banco, investigaciones sobre el mercado hipotecario en el país y cuantos datos pudo encontrar en la gran red. Justamente el día de sus dudas y sus consultas, un periódico anunciaba que el banco había ampliado su cobertura pues acababa de incorporar a su red de oficinas (250) las de otro banco (132), tras una operación de “fusión por absorción” felizmente oficializada la semana anterior.

Gervasio pensó que si era cierto que el banco, como se jactaba en sus informes, había llegado a abarcar el veintidós por ciento del mercado hipotecario del país, no podría contar con menos de un millón de clientes, cifra que le pareció “redonda y simple”, como explicó después de intentar cálculos más precisos pero dándole ventaja al banco en cuanto al número de ciudadanos que cancelan cuotas de créditos cada mes “en toda la geografía nacional”, como anotó mi buen amigo.

Además, Gervasio imaginó (porque la imaginación también cuenta a la hora de hacer cuentas) que del millón de clientes que mensualmente pagaban alguna cuota al banco, o recibos de servicios públicos, o “servicios bancarios”, no menos de un 80% tendrían que cancelar cifras “no redondas” (es decir, cerca de ochocientos mil pagarían al banco cuentas que se expresarían en términos de pesos que no llegarían a cientos): en el peor de los casos —para el banco— alguien tendría que enfrentar una cifra como dos millones seiscientos cincuenta y nueve mil novecientos noventa y nueve mil pesos, de manera que el banco se ganaría un peso sin hacer más que el recaudo. Pero seguramente (imaginó Gervasio) el banco obtendría ganancias mayores, porque es más que inusual que en los cobros aparezcan cifras tan cercanas a un cien redondo.



Así las cosas, lo que Gervasio entendió es que el banco se hacía a unas buenas ganancias al no tener que devolver el excedente que pagaban sus clientes al hacer los pagos por sus facturas mensuales de hipotecas y otros servicios bancarios.

Gervasio pensó: “Si estos tipos tienen un millón de clientes, y si del millón de clientes un 80% paga cuotas mensuales que no llegan a cientos “redondos”, es posible que en promedio esos clientes le dejen al banco más o menos 20 pesos por cada transacción, lo que significa que el banco gana veinte millones de pesos cada mes, dinero que le sirve para pagar a diez cajeros (los bancos, y éste en particular, no pagan dos millones de pesos por cajero cada mes).

—    Malditos —dijo Gervasio, y calló, mientras pensaba en su venganza.

Como el banco advertía a los clientes que debían cancelar sus cuotas en las fechas previstas, para poder liquidar con exactitud intereses o beneficios, Gervasio pensó que si pagaba sus cuotas unos días antes del vencimiento el banco debería reducir el monto de los pagos siguientes.

Al banco esto no le gustaba, aunque por ley debía advertirlo a sus clientes: si pagan antes de la fecha de vencimiento de las cuotas pactadas tendremos que reducir al importe de las siguientes, y eso no solamente nos duele sino que implica que trabajemos: lo mejor es que paguen en las fechas que fijamos (que están claramente indicadas en las facturas que enviamos a sus casas).

Gervasio dijo:

—    ¡La berraquera! ¡Los jodí!

Y adelantó ahorros, y apuró fechas, y dejó de freír un huevo tres días antes de la fecha en la que el banco esperaba la siguiente cuota. Y pagó lo que “el sistema” indicaba. Y el cajero le dijo que no era bueno cancelar antes de lo indicado. Y Gervasio no dijo nada (tendrían que re-liquidar los pagos, y perderían algunos pesos, y habría algo más de costos por papelería y tiempos de trabajo de algunos empleados).

El mes siguiente Gervasio halló que en su factura la cuota se reducía en cuarenta y tres pesos. El logro no le pareció tan grande como las ganancias mensuales del banco, pero pensó en el tiempo que habían debido dedicar dos o tres funcionarios para reliquidar sus cuotas, y en la obligada y mínima reducción de su siguiente pago. Y estaba feliz, y hasta con ganas de hacer públicos sus hallazgos.

Y Gervasio decidió, por una vez en más de quince años, comprar una botella de buen vino e invitar a disfrutar —porque sí— a siete de sus mejores amigos.

Luis Jaime Ariza Tello

En Bogotá, julio 30 de 2012 

martes, 12 de junio de 2012




De algún modo "me libro"...


Justamente "me libro" porque andar con tantas notas acumuladas en tantos años comienza a hacerse una carga pesada, y hay amigos que han creído alguna vez que tanta carreta y tantos sueños podrían llegar a imprimirse y tener una encuadernación amable, esa especie de pequeños regalos que son los buenos deseos de quienes llegan a creernos, o esas fantasías que a veces tenemos pensando que los divertimentos del lenguaje pueden entretener a otros que quizás lleguen a ser amigos.

"Me libro" imaginando que aquí comienza a desplegarse ese manojo de hojas sueltas, que se articulan diversos momentos que son recuerdo e historia, memoria y destino, expresiones de la razón y del delirio, a veces sólo juegos, o pequeños homenajes a escritores que he querido. Me (hago) libro de un modo que hacen posible las máquinas que apenas hace media vida creíamos producto de los cuentos de Ray Bradbury, Isaac Asimov, Arthur Clarke, y tantos geniales creadores de posibilidades, ilustres y dignos sucesores de Julio Verne.


No hay grandes pretensiones. Tal vez una, importante, es volver a mis amigos de muchas épocas y lugares, siempre grata y amorosamente recordados. Este es un modo de darles los buenos días y los buenos años que nos dimos y nos seguiremos dando sin tiempos y sin distancias. Muchos encontrarán aquí señas y guiños, evocaciones y anécdotas, complicidades, algo de humor y algo de literatura y algo de las simples ganas de provocar de nuevo los encuentros. En otro blog me libro de otros modos.

A ver cómo "me libro" aquí:


1. El amor develado

Un hombre y una mujer caminan, tomados de las manos, por un paraje cualquiera. Creen que no debe importarles el tiempo, y que no tienen más necesidades que las de sentirse, corresponderse y, de vez en cuando, hablar uno con el otro. Piensan que un sentimiento único e irrepetible los alimenta y llena de sentido sus vidas. Perciben que en ellos se realiza un destino cósmico, cuya trascendencia en la evolución del Universo es decisiva. No saben que sólamente sueñan.


2. Amor sustantivo


Árbol luna prado manos flores Juan besos María tacto seda desnudez labios cabello calor unión aliento sudor gemido sal lenguas rumor estrellas frescura viento placidez sueño aurora canto montaña camino aldea cabaña sol día felicidad.




3. Sin palabras


Hablaban las manos, hablaban los labios cuando callaban, hablaban las piernas que se entrelazaban con sus cuerpos, hablaba la piel tersa a la piel áspera de la madrugada, hablaban el pecho y el vientre, hablaba un sexo con otro. Hablaban, querían hablar y casi gritar en sus niveles y en sus posibilidades, con sus temperaturas y sus vibraciones, con el bullir de adentro, con sus acomodaciones; con los ojos, con sus más recónditas superficies, con sus pliegues. Descifraban mensajes que no llegaban siquiera a los linderos del pensamiento o de la voluntad. Y se decían lo que sólo así podían decirse.