miércoles, 9 de octubre de 2013

AUTO-CITAS

1. La libertad es el ejercicio de la conciencia. La conciencia plena, real, no simulada (que sería pose, nada más), exige consecuencia: tiene como consecuencia el ser éticos y el ser libres. Así, ningún individuo deshonesto es libre, ningún mentiroso es libre.

2.Des-adaptarse, renunciar a la aptitud que reclaman (exigen, imponen) los modos vida que nos circundan (la muerte que nos rodea), para que todo sea posible. Pero, cuidado: no se trata de reivindicar la muerte, que es oferta de la renunciación, y no necesariamente de la des-adaptación. De algún modo, sólo existe la opción del heroísmo (así como héroes terminemos siendo derrotados).

3. Hay una gran confusión entre paz y calma. Esta última es lo que se reclama como vida sin conflictos. Pero lo que se asume como conflicto es cualquier expresión de malestar (siempre hay quienes experimenten malestares en nuestra sociedad, pues su fundamento es la desigualdad). Lo grave es que la ausencia de conflicto bordea la supresión de la libertad.

4.No es limitando las posibilidades de otros como se amplía la libertad propia; en ese caso, lo que se obtiene es la imposición (un ejercicio del poder como instrumento para obtener ventajas de un solo lado).

5. La existencia de otros, su libertad para ser y expresarse de manera diferente a la nuestra, hace posible nuestra existencia: nos permite identificarnos, tener conciencia.

6. La ley es desigual. En Colombia se puede matar cuando se actúa —según las leyes— "en legítima defensa" (lo que incluye la defensa de la propiedad, no sólo de la vida).

7. Si el olvido "es una de las formas de la memoria, su oculto sótano", es porque somos seres vivos; es decir, porque dependemos de cada instante, vale decir, de toda circunstancia. Así, el olvido viene a ser una postura (mejor, una impostura) en la que juega papel decisivo la inconsciencia: si es imposible olvidar real y completamente, el des-ejercicio de la memoria sólo puede explicarse como estrategia para subsistir, para acomodarnos, para congraciarnos con toda suerte de adversidades, aún de las imaginadas.

8. Añoranza y esperanza (recuerdo y fantasía), como estrategias, constituyen disculpas tardías o anticipadas de cómo somos, o pensamos, o actuamos.

9. En algún lugar, en algún momento, se me ocurrió que en verdad "la esperanza es lo último que se gana". La idea es válida sobre todo para pueblos que se han acostumbrado a la desgracia, a la corrupción, a la imposición.

10. Se les ocurrió que la imagen del espejo permite mostrar lo que cada quién es. Pero no recordaron (no advirtieron) que los espejos (como los lentes) son selectivos, y que no se garantiza que reflejen adecuada y verazmente lo que se sitúa delante de ellos.

jueves, 3 de octubre de 2013

Sergio, 19 años

La tradición, una de las buenas que tenemos, invita a que consideremos complemento importante de nuestros proyectos de vida tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. Pero los proyectos a veces se diluyen o se transforman, o se aplazan o se olvidan, porque la vida ofrece o impone o regala o niega, y así vamos bebiéndola a sorbos, no todos de la misma botella ni disfrutando los mismos sabores.

Tengo tres hijos magníficos. Cada uno es como es, y cada cual es especial. Incomparables, y todos ellos semillas germinadas, árboles que dan frutos acordes con sus propias parcelas, y libros que se escriben con el gozo y la cautela de quienes afirman en cada día sueños y realidades ciertas.

Este 1 de octubre Sergio, el menor, llegó a los 19 años. Hubo la celebración que él quiso, con seis amigos entre sus compañeros de colegio y los nuevos que la vida universitaria le ha regalado. Celebraron con juegos, con esa idea de inventar mundos posibles que quizás contienen utopías similares a aquellas que movieron a mi generación y que tuvieron expresiones poderosas en la Revolución de Mayo de 1968, en la música que transformó conceptos y sensibilidades en la época brillante de los transistores (y que nos acercó al resto del mundo y configuró unos maravillosos gustos eclécticos, que abarcaba nuevas olas y boleros y tangos y guarachas y festivales de la canción que todavía no parecen superados), en una literatura que destruyó modelos y propuso modos diferentes de estar en el mundo, en conceptos sobre el amor que demolieron convenciones tenidas por inamovibles destinos, en la conquista de una luna que hasta entonces creímos territorio de idealistas enamorados y de mucho queso.

Creo que es bueno que se regalen recuerdos, sobre todo cuando éstos se han fabricado con las expectativas de un padre frente a la exploración del mundo por parte de los hijos niños.

Sergio me sorprendió temprano en su vida porque decidió leer antes de cumplir los cuatro años, disfrutando un juego que diseñé en compañía de un grupo de amigos para aportar a la alfabetización de adultos en el Pacífico colombiano. Leyó porque le dio la gana, y leyó con ganas. Y decidió saberse los nombres y las diferencias entre los ejemplares de un zoológico prehistórico lleno de tiranosaurios, diplodocus, parasaulophus, arqueopterix, tigres dientes de sable y vaya uno a recordar cuántos más animales de fábula que registraba con rigor de niño y con sueño de investigador.

Después se dejó tentar por la anatomía, especialmente por los huesos humanos. Reconocía, nombraba y ponía en su lugar casi cada uno de los doscientos huesos que tenemos los humanos. Pudimos encontrar un rompecabezas que sirvió para confirmar su memoria prodigiosa.

Entre tanto, el lenguaje lo sorprendió con millones de alternativas y posibilidades.

Y hubo la música, y algo parecido al teatro, y un humor que lo hizo más inteligente y amable y querible. Unas músicas que recorrieron el camino de las canciones de Jairo Ojeda y tonadas infantiles de muchas lenguas y muchos países, que se fundieron con las de los recuerdos de sus padres, que fondearon en los mares del clacisismo (durante más de tres años hizo suyos mis discos de Ravel, de Bach, de Mozart, de Bethoven...).

Y hubo ternuras que todavía me duele que no sean las de hoy.

Y hubo expresiones de locura que envidiaba su padre (con siete años, parado sobre la mesa de un comedor en el Colegio Montessori de Cali, gritó que amaba a Laura, una compañerita de su edad que quizás un día le regaló un beso, y que otra vez lo desairó, ese día en que llegó cantando un trozo de la canción de Polo Montañez que habla de quien en el amor es un idiota....).

Esa semilla, ese árbol, ese libro, cumplen 19 años.

No es un chico estudioso, pero supo alcanzar el mejor ICFES de su colegio e ingresar a la Universidad Nacional obteniendo un puntaje que lo situó en el puesto 16 entre 2000 aspirantes a un cupo en Ingeniería de Sistemas.

Que se haga su voluntad, y ojalá que haya una voluntad de vida y de afecto por la vida que lo hagan un buen sujeto.

Feliz cumpleaños, hijo, árbol, libro.

jueves, 14 de marzo de 2013

Leer, Pensar, Escribir...


Igual que en el bolero Por la vuelta, de Felipe Pirela con la Billo´s Caracas Boys, de hace ya más de cuarenta años, "La historia vuelve a repetirse...".

Y se repite con casi todos los temas que las "actualidades" de los medios nos traen: la muerte de un presidente, la exaltación de un pontífice, el incremento de las desgracias para los trabajadores de todos los lugares del planeta, la triste constatación de que vamos avanzando a pasos cada vez más rápidos hacia el despeñadero porque en el mundo todo cambia para que nada cambie, o todo es diferente para que sea cada vez menos igual (o, de otro modo, peor).

Y no es que haya pesimismo de este lado. Entro a mis salones de clases y veo decenas de personas espantadas con la incertidumbre de estos tiempos pero, todavía más grave, con la sensación de que ingresan desarmados a una contienda que no han elegido, de que del lado del camino que recorren no perciben más que celadas, invitaciones a hacerse tramposos, de que ninguna de las "armas" con las que suponen que les dotaron sirven para vivir mejor, para sentirse bien consigo mismos, para hacer cierta la ilusión de un mundo en el que puedan amar y sentirse amados, crear y crearse, aportar a otros, hallar un sentido para sus vidas. Parecen avanzar por la vía de los acomodamientos y las renuncias, más todavía si deben demorar más la declaración y el uso de sus autonomías, sus certezas, sus libertades y sus derechos.

Hace algo menos de un mes las noticias hablaban de España ("...camisa blanca de mi esperanza / reseca historia que nos abraza / por acercarse sólo a mirarla; / paloma buscando cielos más estrellados / donde entendernos sin destrozarnos / donde sentarnos y conversar...")

Hace menos de un mes, también, nos llegaban los resultados de una serie de estudios realizados en nuestro continente, donde se mostraba que hay cada vez menos jóvenes lectores, que algo así como el 60% de los egresados de los programas de educación media exhiben un preocupante bajo nivel de comprensión de lectura, y que a nuestras universidades llegan cada año más grandes contingentes de cuasianalfabetas.



Llegué a la docencia por accidente. O por necesidad, tal vez. Un joven universitario que debe resolver la vida no tiene muchas opciones, y yo debí asumirme como profesor de otros jóvenes apenas menores que yo, repitiendo los temas que apenas un año antes se dictaban en mi universidad. Tuve la suerte de que se me ofreciera una monitoría por parte de un amigo profesor, y comencé a hacerme preguntas sobre el sentido de la educación, sobre los programas formativos, sobre las cualidades de los buenos maestros...

En Colombia nos preciamos de contar con unos planes educativos muy completos. Criticamos la educación en países como los Estados Unidos, donde los jóvenes saben poco o menos que lo que "aprenden" los nuestros. Hay quienes dicen que hablamos el "mejor" español del mundo. Y otras bobadas por el estilo.

Lo cierto es que una educación que no forma gente pensante sólo puede conducir a la existencia de pueblos infelices, domesticados, pasivos...

Pero los sistemas educativos no pueden formar pensadores cuando su propósito más claro es "llenar" con informaciones varias a los jóvenes. Varias e inútiles. Ninguna materia tiene que ver con otra, ningún conocimiento se vincula con las experiencias de los estudiantes, los docentes repiten "verdades" que otros les ofrecieron como moneda buena, y ni los alumnos ni los educadores saben para qué saben lo que supuestamente saben. Nada sabemos.

De la imaginación ni hablar. Está prohibida. Una señora que actuaba como directora de grupo de mi hijo menor, cuando él apenas tenía siete años, tuvo la desfachatez de mandarme una nota en la que afirmaba que era un "líder negativo", ya que se resistía a su deseo de verlo juicioso y obediente copiando en sus cuadernos decenas de tonterías que ella consideraba conocimientos.

Mis estudiantes universitarios no saben leer. Nunca han leído. Aprendieron a distinguir letras, palabras, frases y oraciones. Pero no saben hallar el sentido de una expresión, no tienen idea de que el sentido guarda relación con un contexto, de que los enunciados son unidades de sentido que se articulan unas con otras para producir un sentido que va más allá del sentido de cada secuencia de palabras. Odian las matemáticas, porque las padecieron como un castigo, y desconfían de su capacidad de hacer preguntas porque les hicieron sentir que quien hace preguntas es un despistado, o un provocador, o un excéntrico, o una persona que gusta de perder el tiempo y hacérselo perder a otros.

Carecemos de educadores. En el mejor de los casos, los profesores de nuestras secundarias, y muchos del sistema de educación "superior", tienen la buena memoria de quien logra repetir ideas ajenas consignadas en un libro, y el buen criterio (o la buena suerte) de quienes alcanzan a distinguir entre buenos y regulares textos. En sus prácticas habituales, posan de sabedores y exhiben su capacidad para recitar fragmentos más o menos prestigiosos extraídos de los libros que alguien les dijo que sobresalían en algún campo del saber. Hacen exámenes, que corrientemente consisten en la presentación de un cuestionario para el cual no hay más respuestas que aquellas que concuerdan con las "verdades" de un texto o con aquellas que ellos mismos han podido extraer de los libros que fueron obligados a leer y de los que de alguna manera reniegan.

Hay quienes se acogen a la más triste expresión de la llamada "sabiduría popular", y excusan los modos de hablar y de escribir más atroces con el "argumento" de que la incomunicación es asunto de "malos" entendedores. Y entonces disculpan también la pereza, que les regala la comodidad de las frases hechas, de las fórmulas verbales que se intercambian como verdades en el mercado de las conversaciones cotidianas, de las "verdades" de las ciencias que no interesa comprender. Y entonces, no hay crítica posible, no hay dudas, no hay emoción ni conmoción por el descubrimiento de un saber.

Afirmo que no se puede escribir sin pensar. Más aún, que no se puede leer sin hacerlo. Pero a nuestros jóvenes les han hecho creer que una buena lectura no es otra cosa que un buen ejercicio de la memoria. Los exámenes lo prueban: estoy seguro de que sólo los docentes mediocres hacen exámenes para pedir que los estudiantes repitan sus precarias, tontas, inútiles "verdades".

Pensar supone tener la capacidad de ver, de hacer distinciones, de agrupar elementos, de establecer relaciones, de aventurar hipótesis, de hacer síntesis, de producir comentarios, de apropiar ideas, de construir expresiones que den cuenta de lo que llegamos a comprender. Lo demás es repetir frases (huecas, porque donde no hay comprensión no hay más que el eco de un sonido que puede confundirse perfectamente con el ruido).




Escribir (de verdad) supone producir ideas, no transcribirlas o recordarlas. La escritura es creación o no es escritura.

A nuestros jóvenes los "educaron" en la memorización y en la repetición de pedazos de verdades ajenas. Y ninguna universidad parece haber comprendido (quizás no interesa, porque el negocio se echa a perder) que no puede haber formación cierta sin personas que piensen.

Los docentes poco producen. No escriben. Leen lo que se presenta como novedad, como "nuevo" discurso, así lo nuevo sólo tenga que ver con que hay una edición reciente de un discurso hace tiempo instaurado. Leen nombres que se ponen de moda en cada área del conocimiento, pero no de-construyen los conocimientos para comprobar qué tanta validez tienen. Leen "verdades" que les permiten dormir tranquilos y cobrar mensualmente una suma para pagar los arriendos, para distraer a sus parejas, para comer de vez en cuando un plato gourmet o tomar un licor "prohibido" mientras hacen gala del mal gusto que cuelga en sus paredes en forma de reproducción de una prestigiosa obra del dudoso arte moderno o del validado arte de tiempos ya pasados.

Los docentes no escriben. Si lo hacen, es para demostrar que han desarrollado capacidades para "copiar y pegar" verdades ajenas, lo que le reprocharían a sus estudiantes si leyeran los "trabajos" que les imponen.

Pensamos mal. Leemos poco o casi nada. Escribimos menos.


NOTA: Me he propuesto escribir sobre asuntos que inevitablemente pienso (y me ocupan) cuando ejerzo como docente. En mi caso, no hay verdades sino inquietudes. Y espero que haya contradictores, críticos y comentaristas de mis notas. Transformar el mundo es imposible sin ideas, y no hay ideas transformadoras hechas a la medida de las necesidades de nadie. Habrá que pensar (leer, escribir).

lunes, 24 de diciembre de 2012

Canción para el nuevo ciclo...


A León Felipe poco se le encuentra en las librerías, pero siempre se le recuerda cuando se habla de poetas comprometidos con la vida. La magia de internet ha permitido que tengamos la posibilidad de volver a sus poemas, que nos hablan de asuntos que cada vez nos deberían ocupar más.

Tengo una edición de 1965 de la Antología Rota, de Editorial Losada, que me encontró queriendo escribir un mensaje de fin de año para mis muchos y queridos amigos (incluyendo los que aún no conozco), mis estudiantes de hace treinta o veinte o diez años (y los de ahora, y los que tendré), y una familia que crece con los días porque uno termina por darse cuenta de que puede tener miles de hermanos.

A todos los abrazo. Quizás valga la pena recordar que los años se cuentan, entre muchas otras razones, para que cada uno se sepa mejor y sea mejor. La idea de que la vida tiene ciclos importa si comprendemos la vida.

Les recuerdo al poeta:



I

NO ME CONTÉIS MÁS CUENTOS

Ya se han contado todos.
Todos se han dicho y se han escrito.
Y todos se han ovillado y archivado.

Los ha contado el viejo patriarca,
los han contado el coro y la nodriza,
los ha dicho un idiota, lleno de estrépito y de furia,
se han grabado en la ventana y en la rueda
y se han guardado en cajas fuertes las matrices.

Hay réplicas exactas de todas las tragedias,
discos fonográficos de todas las salmodias,
y placas fotográficas de todos los naufragios.
Ningún cuento se ha perdido. Estad tranquilos.
Se sabe que el poema es una crónica,
que la crónica es un mito,
la Historia una serpiente que se muerde la fábula
y el poeta doméstico el cronista del Rey y el Arzobispo:
el narrador de cuentos.

Todos se han registrado.
Y todos están vivos todavía. Ahí pasa el pregonero:
“¡Cuentos!... ¡Cuentos!... ¡Cuentos!...”
Es aquel viejo narrador de sombras y de risas
que ahora pregona cuentos.
Pero yo no quiero cuentos…
No me contéis más cuentos.

[…]

Max Aub (a quien también vale la pena buscar y leer) con León Felipe

VII

EL GUSANO

Soy gusano que sueña… ¡que quiere!
—Contaré el sueño del gusano.

Narradores de cuentos, el gusano
no se chupa el caramelo de la cola. No es un cuento.
Es un sueño que camina.
Repta.
Y deja sobre la hierba oscura
una secreción viscosa… y fosforescente;
un hilo glutinoso… y lumínico…
¡lumínico! La baba es una estela. Anotad esto bien.
Cavad aquí para marcar una señal,
clavad aquí una estaca, aquí, aquí;
que aquí sobre esta tierra… sobre la Tierra,
sobre este gran ovillo devanado con baba,
sobre la estela verde que segregó el gusano,
sobre el sudor oscuro que vertieron sus glándulas,
sobre su llanto ciego de semilla y de feto,
sobre los restos de su capullo y su sarcófago,
sobre la ganga adámica de su morada mística,
sobre el cascarón roto de su bóveda abierta
y sobre los escombros de su Iglesia podrida
levantaremos un día nuestra casa,
nuestra ciudad
y nuestro vuelo.

¡Dios nos guía!

Porque el gusano no es un cuento, narradores de cuentos,
es un signo… un sueño…
un sueño alegre que empezamos a descifrar.

NOTA: textos tomados de Antología Rota, de León Felipe, Editorial Losada, Buenos Aires, segunda edición, 1965.

jueves, 13 de diciembre de 2012

60

Decía Jorge Luis Borges que los números, cuando son redondos y concluyentes, provocan reacciones asociadas con imaginarios eventos que trascienden, que dislocan, que guardan promesas, que cierran ciclos.

Pasa con las edades, como saben tan bien quienes han llegado a los 20, a los 30, a los 40...

Yo cumplo sesenta años este 14 de diciembre. Y es inevitable mirar atrás, porque a uno le da por dedicar semejantes cifras a la evocación.

Yo creo haber sabido vivir, y la evidencia de ello está en que no me caben tantos buenos recuerdos que atesoro, comenzando con una sala con muebles cuasi antiguos que había en mi casa, y los juegos con una cachorrita que tuvo la generosidad de darle a mi familia algo más de trece años de compañía perruna y agradecida, y los tractores rojos que me regalaron mis padres en mi cuarto cumpleaños en una casa de Sucre con Ecuador (Medellín), y la cometa que mi tío Carlos Augusto me obsequió en mi quinta navidad, y una bicicleta que me paseó por el barrio El Recuerdo (causalidad feliz) cuando Bogotá era la felicidad de estar en cama leyendo cómics de Paquita, La Traviesa, Pepita y Lorenzo, y decenas de títulos que cambiábamos en los cines matinales de cada domingo...

Mucho tiempo después entendí la sentencia del mismo Borges que plantea que "La patria es la infancia". En el colegio de El Virrey Solís, cuando cursaba cuarto año de primaria, decidí vincularme a un grupo de "catequesis", quizás ilusionado con la idea de que llegaría a ser un franciscano. Íbamos al barrio Altamira, que por la época quedaba lejísimos, y allá los chicos que asistían a las reuniones que acompañaba Fray Cabrera nos regalaban bloques de vidrios de colores que una fábrica arrojaba a un caño.

Si la patria es la infancia es porque generalmente uno busca volver a esos lugares en los que la vida lo trató bien. Hace unos doce años, en Medellín, pasé por la casa en que viví hace ya más de cincuenta años; en Cali hice lo mismo con la casa de la Calle 10 Sur número 11-28 (antigua dirección, inútil hoy) del barrio San Fernando.

Entre los recuerdos de la patria, muchos asociados con música. En mi paráfrasis de Borges diría que la patria es la música: la de la orquesta de Lucho Bermúdez, que animaba las tardes de sábados y domingos del Club San Fernando; la de la típica de Francisco Canaro, que llegó a mi casa como obsequio por la compra de una radiola, y que surtió mis juegos de locutor de emisora; la de los Corrraleros de Majagual, que sonaba en las tardes radiales de Bogotá y en las fiestas navideñas de Quibdó a comienzos de los años 60s; la de la Nueva Ola del mundo entero, que por primera vez hablaba del amor como una necesidad cotidiana...

Todavía hoy la música anda conmigo, y tarareo sin cesar cuando camino a mi trabajo o al encuentro de un amor.

Tuve un grupo de músicos que construyó sus propios instrumentos. Sus integrantes fueron casi todos trabajadores de la industria azucarera, en Palmira. Ovidio Ordóñez hizo un arpa animado por un grupo paraguayo que vio en un televisor que ofrecía imágenes en blanco y negro; Juan López me enseñó boleros antillanos y guarachas, mientras tocaba la guitarra y se hacía acompañar por las maracas de Asunción Perea; Duqueiro Lasso, operador de un tractor en el ingenio Central Tumaco, hacía coros; teníamos voces femeninas, y nos atrevimos a hacer un güiro de guadua y unos bongoes metálicos que pintó de rojo escarlata otro amigo que tenía un taller de latonería y pintura. Y cantamos en casi todos los cuarenta y dos municipios del Valle del Cauca, en sindicatos y en parques.

A la música se han sumado tantas personas que amo:

Tres hijos: Luis Felipe, mi hermoso Luis Felipe, quien ya me hizo abuelo, el hombre generoso y alegre al que quiere todo aquél que lo conoce. Su fortuna es la amistad, su enseña es la alegría para vivir. María del Mar, lejana hoy, me hizo feliz amando la lectura (mi otra pasión) y decidiendo que la Filosofía y la Literatura serían motores de su existencia. Sergio, quien apenas comienza a decidirse y ya es capaz de buscar dentro de sí para programar sus vuelos futuros.

Mis amores, cada uno con su sello y con su marca, cada cual con sus propias canciones, cada uno con su piel y con sus retos.

Mis hermanas, todas, cómplices y amorosas, incondicionales cuando hay merecimientos, radicales, inquietas, cercanas.

Mis padres, confusos pero siempre decididos, tercos y nobles, duros y convencidos.

Mis tíos, mis primos (otros padres y otros hermanos), decididos guerreros y alegres sufrientes del país que nos tocó en suerte.

Cientos de alumnos, queridos todos, convertidos en razones para estar en este planeta. Decenas de amigos comprometidos con alguna utopía...

Redondo y concluyente: cumplo felices 60 años.

sábado, 24 de noviembre de 2012

De los cajones...


De vez en cuando intento deshacerme de papeles que me acompañan desde hace más de treinta años. La mitad de mi familia sabe que se trata de un propósito inútil, porque entre los Tello Marulanda siempre hubo lectores, secretos poetas, políticos de ocasión, periodistas de corazón, historiadores que buscaban saberse y explicarse en tanto escarbaban en libros y en relatos de los mayores la historia de sus antepasados. Por éso hay en esa familia genealogistas, historiadores, constructores de versos, iconoclastas, músicos amantes de mil estilos, archivistas...



La tía Lucrecia, por ejemplo, se empeñó durante casi toda su vida en crear una Casa de la Cultura en Santander de Quilichao, y quiso que su biblioteca de muchísimos volúmenes se convirtiera en la Biblioteca Pablo Marulanda, un lugar en el que los estudiantes del Instituto Técnico, del Colegio Fernández Guerra y de todas las escuelas del municipio pudieran hacer consultas y apropiar la memoria de sus mayores, de los indígenas de las montañas vecinas y de los negros de casi todas las vecindades. Ella impulsó la creación de grupos folclóricos (uno de ellos, de Dominguillo, ganó un premio de Asocaña, con músicos que tocaban con un violín de guadua y los cueros que recordaban su África lejana), y la organización y la gestión de los paeces de Munchique, algunos de los cuales vivieron en casa de mis abuelos mientras asistían a una escuela y se formaban como líderes de sus comunidades (Julio, Rufino, Santiago... hasta Floresmiro, quien ahora trabaja con su comunidad y la ha representado en eventos que lo llevaron a Europa y África). Recuerdo también que compró un proyector de cine de 16 mm, y que con él reunió gente en sitios abiertos exhibiendo películas sobre una sábana. Sé que trabajaba en una historia de Quilichao, al igual que su hermano Marco Tulio, en Palmira. Conservo parte de su archivo, con una serie de poemas que espero hacer públicos, algunos escritos que le publicaron en distintos diarios del país, y varios ejemplares de Mundo Nuevo, un periódico que hacía ella sola y que voceábamos desde el parque Santander hasta la galería mi primo Guido y yo, cuando teníamos ocho y siete años.

El cuento de los cajones no tiene que ver con la fama o la fortuna. He pensado que los relatos sobre los fundadores de la familia tienen el enorme valor de aproximarnos a lo que hemos llegado a ser quienes aún vivimos. Sé, por ejemplo, que Félix Tello acompañó como dibujante la expedición del sabio Mutis, subiendo desde Quito hasta el norte del Cauca y quedándose en esas tierras de barro colorado y extensas planicies desde las que se puede ver en algunas tardes el nevado del Huila. Sé que Pablo Marulanda llegó de Rionegro, después de haber presenciado un homenaje que ese pueblo antioqueño tributara al General José María Córdoba. El abuelo Marco Tulio se alistó en uno de los ejércitos que combatió en la Guerra de los Mil Días, estuvo en Buenaventura registrando embarques y desembarques de buques que viajaban entre Europa y nuestro Nuevo Mundo, y llegó a ser Notario en Timbiquí.

Por mi parte, sólo pensando en abuelos, bisabuelos y taratabuelos puedo explicar parcialmente mi vinculación con una Expedición Botánica que recorrió parte del río Cajambre en 1983, y que luego recorriera casi todos los pueblos del Pacífico trabajando en proyectos de alfabetización, de participación social, de conservación y uso sostenible de la biodiversidad, de promoción y prevención en salud...

Así que hay mil razones para no deshacerse de los papeles que se guardan.

En mi archivador, que fue de la tía "Luca", guardo papeles de mis años de universidad. Guardo cartas, notas, textos mimeografiados, fotocopias, dibujos, escritos de mis tíos y mis abuelos, borradores de textos que escribí hace cuarenta años...

De esos archivos tomo un intento de poema que escribí en 1990, después de leer el Heráclito, de Rodolfo Mondolfo, en la edición que Siglo XXI publicó en 1966. Lo someto a la lectura de quienes me regalan su presencia en este blog.



Sín título

Ajeno a los poderes que sobre otros
deparan las fatigas cotidianas,
mientras la noche avanza hacia mañana,
duerme un hombre. No conoce los rostros
de los jóvenes cuyos pasos persigue
por un sendero que termina en playa;
no conoce la playa. Es el testigo
de un ingenuo romance, del idilio
que el mar calmo bendice. Ellos callan,
se miran y se besan; y ellos hablan,
y la noche cobija sus palabras.

En el sueño se pierden los amantes;
brilla la luna, la marea baja.
El soñador despierta: ya es mañana.

Dos amantes dan gracias al milagro
que el amor prodigó en la noche clara.

Los amantes son colaboradores
del desorden del cosmos y de su orden.

En Cali, 1990

jueves, 4 de octubre de 2012

Regalos de Vida


Contexto: El pasado viernes, 28 de septiembre, falleció en Bogotá mi tío Luis Víctor Ariza Prada, hermano menor de mi padre (quien en marzo pasado llegó a los 91 años de edad). El tío tenía 87 años. En su memoria, y como otro modo de abrazar a sus hijos (Lucho, Carlos, Jenny) y a muchos primos que pocas veces veo, publico esta nota.



En la medicina tradicional peruana se suele trabajar con animales, que se sacrifican tanto para realizar el diagnóstico como el eventual tratamiento de quienes acuden a los indígenas que sirven a sus comunidades ofreciendo alternativas frente a males que la medicina científica (mal llamada "occidental") es incapaz de manejar.


Al margen de los resultados que se obtienen, lo cierto es que tras el conocimiento y las prácticas de chamanes, curanderos, yerbateros, "brujos" o médicos populares, hay una concepción de la vida que supera por mucho la de quienes habitamos las grandes ciudades y nos hemos situado del lado de Doña Ciencia (a la que crítica y cariñosamente Julio Cortázar llama la atención en su Prosa del Observatorio).

Hace un poco más de veinte años tuve la fortuna de trabajar en varios proyectos con comunidades indígenas del departamento de Cauca, en el suroccidente colombiano. En particular, diseñé y realicé distintos talleres con amigos Comunicadores Sociales de la Fundación HablaScribe y la Fundación Colombia Nuestra. Uno de esos talleres intentaba aportar herramientas para la profesionalización de docentes indígenas guambianos y paeces. En esa oportunidad advertí el profundo respeto que estos grupos tienen por los bienes ambientales de sus territorios, por el agua, por las montañas, por las especies animales y vegetales, por las personas.

Unos meses después de estos eventos debí viajar a Silvia para otras actividades, y me recibió en su casa el Taita Lorenzo Muelas, quien llegaría a ser Senador de la República y acababa de dejar su cargo como Gobernador de su resguardo. Lorenzo me explicó por qué los guambianos tienen especial consideración por los ancianos de sus comunidades: ellos son quienes van "adelante" en el camino de la vida, son quienes trazan el camino para los que llegan luego, y sus saberes y experiencias, por esa razón, son un tesoro para las nuevas generaciones.

Lorenzo Muelas

Vuelvo a la medicina tradicional. El sacrificio de un conejillo de indias supone que el animalito, cuyos despojos son devueltos a la Pacha Mama en una ceremonia, "regala" su propio bienestar para la recuperación de los enfermos. Los indígenas hablan de "regalos de vida".


*            *            *

Regalos de vida son todas aquellas experiencias que la memoria registra. Creo que todos vivimos para dar algo a otros, sólo que muchas veces no sabemos qué. De nuestros mayores aprendemos sin que lo que incorporamos a nuestras vidas como ejemplos, como saberes, como actitudes, como aficiones, como gustos, constituyan propuestas deliberadas de ellos y, menos aún, búsquedas claras de parte nuestra. Y, sin embargo, de alguna manera somos ellos.

Los regalos de vida son una razón suficiente para no juzgar a quienes se van. No todos eran para nosotros, pero algo recibimos y a veces recibimos mucho. Es lo que siento con respecto a todas y cada una de las personas que se han ido en mi familia, inclusive con quienes decidieron hacer sus vidas en lugares apartados y con quienes tengo poca o ninguna comunicación, o frente a familiares sobre los que apenas sé que existen y a quienes jamás he visto.

Y es que resulta impensable la vida sin la vida misma. Uno descubre (a veces un poco tarde) que quienes nos rodean son viajeros de nuestros propios destinos, mucho más si la vida los situó como acompañantes de nuestros procesos de crecimiento y formación.

Y así es con la amistad, y así es con la familia, y así es con el amor. Inevitablemente nos regalamos vida, y es importante que de vez en cuando hagamos conciencia de esto, y lo disfrutemos, y lo agradezcamos.

Por lo pronto, regalo mi abrazo y la invitación a que hagamos de la memoria de quienes hemos querido un pretexto para la celebración de la vida.

En Bogotá, octubre 4 de 2012